Durante los sucesivos desarrollos de la crisis, los bancos centrales se han mantenido en primera línea de fuego intentando relajar el tono de la política monetaria. Situaron los tipos de intervención próximos a cero, agotando pronto su margen de acción en la esfera de las herramientas convencionales. Pero dada la complejidad y duración de la crisis, resultó imprescindible embarcarse en la activación de medidas complementarias y no convencionales con una orientación también expansiva.

Los instrumentos posibles del nuevo arsenal eran, esencialmente, de tres tipos. El primero de ellos, los anuncios, buscaban afectar a las expectativas de los agentes y fueron muy utilizados por la FED y el BoJ. El segundo eran las medidas cuantitativas, que expandían el balance (y por tanto la oferta monetaria) generalmente a través de compras de activos a los bancos. Este instrumento ha sido el más aprovechado, y ha llevado a los balances a aumentar entre 10 y 20 puntos del PIB. El tercer tipo eran las medidas cualitativas, mediante las cuales el banco central adquiría activos –en mercados, por lo general- pero esterilizaba sus compras para no afectar a la oferta monetaria. De este modo, alteraba la composición del balance pero no su tamaño. Este tercer grupo de medidas han sido más utilizados por la FED y el BCE.

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